La vitalidad es el aspecto más decisivo para que un equipo siga ganando. Un equipo campeón, pero estático está destinado a dejar de ganar al igual que ocurre si empieza a negociar la pasión. Son síntomas de un grupo que empieza a construir las derrotas del futuro. Es lo que Guardiola definió como ‘tenir la panxa plena’ (tener la barriga llena). En otras palabras: dejarse llevar por la inercia de los éxitos y perder de vista que las cosas cuestan.
Es un virus que acostumbra a atacar a los equipos que vienen de ganar mucho y de hacerlo durante mucho tiempo. Por eso sorprende que el Barça de Flick esté mostrando algunos de estos síntomas tras solo una temporada exitosa y con una plantilla tan joven. Solo hace falta hacerse dos preguntas: ¿Ha incorporado algún cambio táctico respecto a la versión del curso anterior? ¿Conserva el mismo apetito? Es algo que se puede percibir en el ambiente y que el propio Hansi no tardó en detectar. Cuando dijo que los egos matan el éxito lo que estaba denunciando es que estaba viendo actitudes más egoístas que la temporada pasada.
La desesperación de Raphinha en la media hora que estuvo en el césped de Stamford Bridge subraya la sensación de que este grupo ha perdido chispa y fuego para competir. El brasileño aparece en la imagen como un elemento extraño: presiona, alza los brazos, aprieta a sus compañeros, mientras el equipo se comporta como un grupo autómata que parece aceptar sin dramatismos un guión establecido: la derrota inevitable por el resultado y las circunstancias de jugar con uno menos.
Es toda una novedad en el Barça de Flick, un equipo que se caracterizaba por rebelarse ante cualquier resultado, incluso ante los más inverosímiles. El propio técnico ha contribuido a esta inercia con algunas declaraciones impensables la temporada pasada. Mientras en su primera temporada evitaba apoyarse en las bajas, en esta ha alimentado un estado de espera permanente justificándose en las ausencias. Un mensaje que va calando en los futbolistas disponibles que saben que tienen la excusa de los que no están para explicar el nivel del equipo.
La buena noticia es que el propio Flick dijo tras la goleada en Londres que podía prometer que se vería un Barça diferente. Y cuesta imaginar que no será así cuando llegue la hora de la verdad. Entre sus argumentos, uno muy llamativo: le gusta lo que ve en los entrenamientos desde hace varias semanas. Que es una manera de decir que lo que veía en los primeros meses de temporada le tenía preocupado.
En las últimas jornadas de la temporada pasada Flick reconoció que tenían deberes con dos aspectos a mejorar. Uno era consolidar una estructura defensiva más consistente. El otro, lograr más control de los partidos. Por ahora el equipo no ha dado un paso adelante en ninguno de los dos aspectos, más bien ha dado un paso atrás en la manera de defender. Esta temporada el equipo oscila entre los brotes verdes y la sensación de que está lejos de competir como la temporada pasada.
Es un equipo igual de transparente con sus virtudes que con sus defectos porque no hay forma de maquillarlos con una apuesta tan radical. Si este Barça no iguala la intensidad de sus rivales, está condenado a atacar mal y defender peor. La duda razonable siempre fue si es sostenible a largo plazo un estilo que solo es competitivo con el nivel más alto de compromiso.
