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Cada vez que el Celta entra en la tienda equivocada de ese zoco de los estados de ánimo que es una temporada siempre se repite un fenómeno singular. Asoman ágiles como ardillas quienes tienen atragantado a Claudio para afearle alguna de sus elecciones, aunque sorprendentemente ninguna es para censurar su más que discutible estilismo de ayer (esas zapatillas blancas con un traje son más propias de un adolescente en su primera Nochevieja). Le critican su permanente baile de futbolistas, aquello que precisamente ha sido su principal fortaleza desde que es entrenador del Celta y una de las razones de que el equipo tenga esta temporada su agenda como la de un tertuliano político en la televisión. Al mismo tiempo, como efecto reactivo, afloran contestatarios los guardianes de las esencias del “giraldismo” que no aceptan la mínima disidencia y pasan lista como si estuviesen preparando alguna clase de purga soviética.

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