Todo el mundo critica a Bordalás, nadie quiere enfrentarse a él. Por algo es. Porque genera una incomodidad, especialmente en su guarida del Coliseum, que convierte los partidos en una tortura. Tengas el estilo que tengas, pero especialmente si tu idea, como la del Elche de Eder Sarabia, nace de la proposición. Pocos como el técnico alicantino saben desconectar cables con precisión quirúrgica para que sus rivales acaben cayendo en la desesperación.
Esta vez ni siquiera necesitó echar mano de aquello que tantas veces se le achaca. Las llamadas malas artes. Las pérdidas de tiempo. Las provocaciones. El Getafe jugó el fútbol de Bordalás, desde el minuto 1 hasta el 95. Poco tiempo pudo ejecutar el Elche el de Sarabia. De hecho, a la desesperada, la última opción de empatar franjiverde acabó siendo un balón a la olla, cuyo rechazo se encontró Affengruber, pero su remate lo repelió David Soria.
La realidad es que los azulones tiraron (poco) más que los franjiverdes (12 a 10, seis a cinco en lanzamientos a puerta). Y no hicieron muchas faltas más (16 a 12). El partido, eso sí, fue áspero, rudo, podríamos decir que feo. En definitiva, el escenario ideal para que Bordalás derrotara Sarabia por 1-0. Así ocurrió.
La jugada decisiva de la noche llegó al poco de regresar del descanso. Un balón en la izquierda de Nyom, que estaba siendo el sorprendente principal filón ofensivo del Getafe, lo resolvió el camerunés con un quiebro a Mendoza, suplente y sustituto del lesionado Diang, desnudando sus carencias defensivas en una cita en la que tampoco lució ni en creación ni en ataque. Su centro al segundo palo lo remató Kiko Femenía, en dirección a Affengruber. El austriaco esperaba la pelota para despejar con tranquilidad cuando apareció un uruguayo, muy a lo suyo, para jugarse la cabellera, meter la cabeza y desviar el esférico, dándole dirección hacia la red de Iñaki Peña.
Sin reacción del Elche
Empezaba entonces otro partido que no difirió mucho del que se estaba jugando hasta ese momento. El Getafe no necesitó cambiar el guion y el Elche no encontró la manera de hacerlo. Hasta el 1-0, los ilicitanos habían ido de menos a más en la primera parte. Les costó, pero poco a poco parecía que el ejercicio de picar piedra en la muralla de Bordalás podía dirigirles hacia el gol. Fue el clásico espejismo en forma de ansiado oasis en el desierto.
Porque cada vez que el Elche al menos encontró una grieta en ese muro azulón, apareció un gigantesco David Soria para negar la celebración franjiverde. Lo hizo ante un buen disparo cruzado de Héctor Fort, que también acabó lesionado, en una contra muy bien dirigida por Álvaro Rodríguez, de lo poco salvable del trío de delanteros alineados por Sarabia a lo largo del encuentro. Lo hizo ante André Silva en una acción anulada por fuera de juego que el VAR, viendo la repetición, podría haber rearbitrado en caso de que hubiese superado al guardameta. Y lo hizo en la ya mencionada de Affengruber cuando el duelo y el Elche ya agonizaban.
Para entonces, Sarabia ya se había desesperado en varias ocasiones en la banda. Febas, muy bien tapado por la medular del Getafe, había dejado la típica mueca del jugón que no encuentra la salida del laberinto. El Elche quedó atrapado en la telaraña tejida por Pepe y sus futbolistas, a merced de esa viuda negra en la que convierte Bordalás a sus equipos, capaces de imponer su fútbol al de otros que prometen más brillo, pero no son capaces de superar el esfuerzo y la tenacidad de un técnico al que se le seguirá criticando, pero continuará consiguiendo resultados.
Precisamente en eso se ha estancado este Elche. Siete jornadas sin ganar ya son demasiadas, pese a las buenas sensaciones que ha ido dejando casi siempre en el tortuoso camino de los dos últimos meses. No ocurrió así en el Coliseum. Se volvió a ver a un Elche como el de Vitoria o Cornellà. Y a ese, que sobre todo emerge lejos del calor del Martínez Valero, le cuesta horrores ganar en Primera División. Tanto que todavía no ha sido capaz de hacerlo esta temporada. No es alarmante, pero debe ser preocupante.
